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La última cárcel porteña cierra sus puertas: Devoto y la sangrienta masacre del pabellón séptimo

La última cárcel porteña cierra sus puertas: Devoto y la sangrienta masacre del pabellón séptimo
El penal, que funciona desde hace 91 años, dejará de existir. Las siniestras historias que encierran sus muros.

Por Manuela Fernandez Mendy

Después de décadas de reclamos, el penal de Devoto dejará de existir. El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires anunció que los presos serán trasladados a Marcos Paz y que en el predio, cuyos muros encierran un sinfín de historias de rebeliones y masacres, se erigirán complejos de viviendas. La historia de la última cárcel porteña.

El penal comenzó a funcionar en 1927.

El predio fue donado por la familia Visillac e inaugurado en 1927. En un principio, el penal sólo alojaba contraventores, pero se terminó convirtiendo en una de las cárceles más oscuras del país. E1 domingo 11 de marzo de 1973, después de la asunción de Héctor Cámpora al poder, el penal de Villa Devoto ofreció una de las postales más icónicas de la resistencia peronista: la liberación de los miles de presos políticos que la Libertadora había encarcelado.

Las columnas, integradas en su mayoría por trabajadores y estudiantes, se dirigieron a las puertas del penal con un reclamo innegociable. Hubo incidentes con las fuerzas represivas, dos personas murieron, pero casi 40 mil quedaron en libertad luego de la manifestación popular. Faltaban sólo 92 días para el regreso de Juan Domingo Perón al país y tres años para el comienzo del sangriento “Proceso de Reorganización Nacional”.

La toma del poder por parte de la Junta Militar convirtió al penal en uno de los más de 480 centros clandestinos de detención que se erigieron a lo largo y ancho del país. Durante 1976 y 1983, Devoto tuvo su “pabellón de la muerte”, por donde pasaron miles de desaparecidos y se registraron 1200 presos políticos “blanqueados” por la Dictadura. Estaba en manos del Ejército.

Aunque quienes pasaron por el “pabellón de la muerte” denunciaron atroces sesiones de tortura, fue la mañana del martes 14 de marzo de 1976 la que se convirtió en el capítulo más oscuro del penal. Lo que las autoridades de facto intentaron disfrazar como el “motín de los colchones” fue, en realidad, la masacre del pabellón séptimo de la Unidad Dos de Devoto.

“Cerca de las ocho de la mañana miro para la parte baja de la reja y de repente veo muchas botas. No me acuerdo si sonó un silbato, pero la cosa es que en un minuto entró el doble de personal de requisa. Era la ‘sección requisa’, todos de 1.80, cien kilos. Entraron gritando, puteando y pegándole a los compañeros”, recordó Juan Olivero, sobreviviente.

Según la “versión oficial”, fueron los presos quienes iniciaron el motín. “Eran tantos los golpes, que la única defensa nuestra era alzar los brazos, lanzar una papa, qué se yo. Lo que teníamos a mano. Era desigual, ellos tenían palos y cadenas. Lo único que podíamos hacer era correr las camas en el centro, tirándoselas a ellos para que se fueran”, sumó en diálogo con La izquierda diario.

"Miré a mi derecha y vi a Hugo Barzola que, en su desesperación, se degolló"

Sintieron un poco de paz una vez que lograron sacar a la “sección requisa” del pabellón. Lo que no sabían era que los habían encerrado con llave y que, minutos después, comenzarían a tirarles gases lacrimógenos. “Corría de acá para allá y de repente escucho tiros de ametralladora”. Era el comienzo de la masacre.

“Los colchones comenzaron a prenderse fuego. Miré a mi derecha y vi a Hugo Barzola que, en su desesperación, se degolló supongo que con una Gilette. Veía muy poco por el humo y nos quedamos a oscuras. Corrí para el fondo del pabellón. En mi desesperación, pegué un salto y me agarré de la reja de la ventana. Me quemé la mano. Me agarré con la otra y no aguanté más”.

Roberto Montiel, otro de los sobrevivientes todavía recuerda las “bolas de fuego” que lo envolvieron. “Era como si fuera un horno. Me subí a una ventana para poder respirar, pero me di cuenta de que el aire caliente desplaza al frío y no podía tomar aire. Ya no tenía oxígeno, ni fuerzas. Cuando caí al piso me refugié en un mesón grande. Atrás vinieron dos o tres más, pero perdieron la vida”.

Cuando el fuego terminó de consumirse, una voz alertó desde afuera: “Abran las puertas, hijos de puta”. “Tuve que empujar los cuerpos haciendo palanca con la pared. Había una montaña de escombros, camas y cadáveres. Cuando salimos, nos esperaba una doble hilera de guardias con palos, garrotes y cachiporras. Eran unos cien metros hasta los calabozos de emergencia. Ahí iban quedando cadáveres porque los remataban. Hubo personas mayores que murieron en el camino”.

Según la “versión oficial”, 64 de los 161 reclusos murieron durante la cacería. Los sobrevivientes hablan de al menos un centenar de muertos. “En mi caso personal, puedo asegurar que fueron alrededor de cien los muertos”, denunció Hugo Cardozo, otro de los sobrevivientes. “Y después fueron muriendo más muchachos, que estaban muy comprometidos”, agregó Montiel.

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